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Tras 40 años en el mar gallego, los bidones radiactivos sufren un estado crítico de deterioro. La solución puede ser peor que dejarlo estar

Un vertedero de bidones radiactivos en el Atlántico, a 500 km de Galicia, lleva 40 años deteriorándose. Científicos alertan de que intervenir podría ser más peligroso que no hacer nada.

Un vertedero submarino de residuos radiactivos, ubicado a unos 500 kilómetros de la costa de Galicia, lleva cuatro décadas sumergido en la llanura abisal del Atlántico. El proyecto científico Nodssum, que ya ha realizado tres expediciones, ha documentado un deterioro crítico en los bidones que contienen materiales radiactivos. Las imágenes captadas muestran corrosión avanzada y deformaciones en los contenedores, lo que incrementa el riesgo de fugas.

El vertedero fue creado entre los años 60 y 80 del siglo XX, cuando varios países, entre ellos España, vertían residuos nucleares en el océano con la creencia de que las profundidades marinas los aislarían de forma segura. Se estima que en esa zona reposan decenas de miles de bidones. Durante décadas, activistas y oceanógrafos alertaron sobre su existencia, pero no fue hasta las recientes expediciones cuando se pudo evaluar su estado real.

Los científicos del proyecto Nodssum advierten de que cualquier intento de recuperar o sellar los bidones podría ser contraproducente. Manipularlos en el fondo marino, a más de 4.000 metros de profundidad, podría liberar de golpe grandes cantidades de material radiactivo. Por ello, algunos expertos consideran que la opción menos mala es no intervenir y monitorizar la evolución natural del deterioro.

El hallazgo reabre el debate sobre la gestión de residuos nucleares históricos y la falta de soluciones definitivas para su almacenamiento. Mientras tanto, el ecosistema de la llanura abisal, que alberga formas de vida adaptadas a la presión y oscuridad extremas, sigue expuesto a una contaminación silenciosa cuyos efectos a largo plazo son difíciles de predecir.

Fuente: Xataka

Intervención arriesgada; monitorización es la opción menos mala.

El caso de los bidones radiactivos en el Atlántico ilustra un problema recurrente en la gestión de residuos nucleares: la falta de una solución definitiva. Durante décadas se asumió que el océano profundo era un sumidero seguro, pero la realidad es que los materiales se degradan y los ecosistemas sufren. Ahora nos encontramos ante un dilema técnico y ético: intervenir podría causar un daño mayor que la inacción.

Desde mi punto de vista, la decisión de no actuar, aunque parezca pasiva, está respaldada por un análisis de riesgos. Los datos de las expediciones muestran que los bidones están en un estado crítico, pero no hay certeza de que una operación de recuperación sea viable sin provocar una liberación masiva de radiactividad. La monitorización constante y el estudio de los efectos biológicos parecen el camino más sensato, aunque incómodo.

No obstante, este caso debería servir como lección para futuras políticas de residuos. La opción de 'verter y olvidar' ya no es aceptable. La ciencia debe seguir investigando métodos de almacenamiento a largo plazo que no dependan de la inacción ni de intervenciones de alto riesgo. Mientras tanto, el océano seguirá siendo un testigo mudo de nuestras decisiones pasadas.

El Analista

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