El Komsomolets: 40 años después, el reactor nuclear en el fondo del mar sigue siendo una amenaza latente
El submarino nuclear soviético Komsomolets yace a 1.700 metros de profundidad en el mar de Noruega desde 1989. Su reactor y dos torpedos nucleares se corroen lentamente, y las filtraciones de cesio-137 ya se detectan en el entorno.
El 7 de abril de 1989, el submarino nuclear soviético Komsomolets se hundió en el mar de Noruega tras un incendio a bordo, a unos 1.700 metros de profundidad. Desde entonces, el pecio descansa en el lecho marino con su reactor nuclear y dos torpedos equipados con ojivas nucleares. A casi cuatro décadas del accidente, la corrosión avanza y se han detectado filtraciones de cesio-137, un isótopo radiactivo, en muestras de agua y sedimentos cercanos.
El Komsomolets era un submarino de la clase Mike, considerado una de las naves más avanzadas de la URSS por su casco de titanio, que le permitía sumergirse a mayores profundidades. Tras el incendio, la tripulación logró evacuar parcialmente, pero 42 marineros fallecieron. El reactor fue apagado antes del hundimiento, pero la integridad de las barras de combustible y las ojivas está comprometida por la presión y la corrosión salina.
En 2019, una expedición ruso-noruega confirmó que el nivel de cesio-137 en el agua circundante era 100.000 veces superior al normal en el mar de Noruega, aunque en términos absolutos sigue siendo bajo. Sin embargo, el riesgo de una liberación masiva aumenta con el tiempo. Rusia ha descartado por ahora una operación de recuperación, debido a la profundidad extrema y los costos asociados.
El caso del Komsomolets no es único: otros submarinos nucleares hundidos, como el USS Thresher o el USS Scorpion (estadounidenses), también yacen en el fondo oceánico. Pero la diferencia clave es que el Komsomolets está en aguas europeas, relativamente cerca de zonas de pesca y rutas marítimas. La comunidad científica pide monitoreo constante y planes de contingencia.
Fuentes: Xataka
Riesgo controlable pero creciente; urge monitoreo internacional.
El Komsomolets es un ejemplo clásico de cómo los accidentes de la Guerra Fría siguen generando costes ambientales décadas después. No estamos ante una catástrofe inminente, pero los datos de cesio-137 muestran que la contención no es eterna. Me preocupa que la respuesta internacional sea reactiva en lugar de preventiva: esperar a que una liberación mayor ocurra para actuar sería negligente.
Desde un punto de vista técnico, la recuperación del pecio es extremadamente compleja y costosa, pero no imposible. La tecnología actual permite intervenciones a más de 1.500 metros, como se ha demostrado con la extracción de combustible del submarino soviético K-159 (aunque en ese caso hubo un accidente). La pregunta es si la comunidad internacional está dispuesta a asumir el coste político y económico antes de que el problema se agrave.
En mi opinión, el caso del Komsomolets debería servir como catalizador para un tratado global sobre la gestión de residuos nucleares submarinos. Mientras tanto, el monitoreo regular y la transparencia en los datos son la única herramienta real para evaluar el riesgo. No se trata de alarmismo, sino de pragmatismo: sabemos que la corrosión no se detiene sola.
— El AnalistaFuentes
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