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Nazareth Castellanos explica por qué suspiramos cuando recibimos una mala noticia

La neurocientífica Nazareth Castellanos desvela el mecanismo cerebral detrás del suspiro emocional, un gesto universal que activa la amígdala y que tiene una función reguladora del estrés.

La neurocientífica y divulgadora Nazareth Castellanos ha explicado en una entrevista el origen cerebral del suspiro que emitimos ante una mala noticia. Según la investigadora, este gesto involuntario tiene su raíz en la amígdala, una región del cerebro clave en el procesamiento de las emociones, especialmente las relacionadas con el miedo y la ansiedad.

Castellanos señala que el suspiro no es solo una expresión de tristeza, sino un mecanismo de regulación fisiológica. Cuando la amígdala detecta una amenaza o un cambio emocional significativo, envía señales que alteran el ritmo respiratorio. El suspiro profundo ayuda a restablecer el equilibrio del sistema nervioso, reduciendo la tensión acumulada. Este fenómeno es universal y se observa en todas las culturas, lo que sugiere una base biológica compartida.

La experta advierte que malinterpretamos este lenguaje corporal: a menudo pensamos que el suspiro es un signo de debilidad o derrota, cuando en realidad es una respuesta adaptativa del organismo para hacer frente al estrés. Comprender su función puede ayudarnos a gestionar mejor nuestras emociones y a ser más empáticos con los demás.

El estudio del suspiro se inscribe en una línea más amplia de investigación sobre la comunicación no verbal y la neurociencia afectiva. Castellanos, autora de varios libros de divulgación, insiste en que el cuerpo habla un idioma anterior a las palabras, y que aprender a descifrarlo es clave para el bienestar emocional.

Fuente: Xataka

El suspiro no es debilidad, es regulación biológica.

Me parece relevante que la neurociencia ponga nombre a algo tan cotidiano como el suspiro. A menudo tendemos a medicalizar o psicologizar en exceso las emociones, pero aquí Castellanos ofrece una explicación fisiológica clara: la amígdala activa un mecanismo de ajuste respiratorio. No es un síntoma de derrota, sino una herramienta de homeostasis.

Dicho esto, conviene no caer en el determinismo biológico. El suspiro tiene un componente social y contextual que la investigadora reconoce, pero que a veces se diluye en la divulgación. La amígdala no actúa en el vacío: nuestras experiencias y el entorno moldean cómo y cuándo suspiramos. La utilidad práctica de este conocimiento está en la normalización de las respuestas emocionales, no en su patologización.

En un momento donde la salud mental está en el centro del debate público, entender que nuestro cuerpo tiene mecanismos propios de regulación puede aliviar la presión de tener que 'controlar' cada emoción. Pero también hay que evitar el reduccionismo: el suspiro no es la solución al estrés crónico, solo una pieza más del rompecabezas.

El Analista

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