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Un oligarca armenio planea la estatua de Jesús más grande del mundo, pero la Iglesia local se opone

Un multimillonario armenio construye en Zovuni una estatua de Cristo de 90 metros, superando al Cristo Redentor. La Iglesia Apostólica Armenia critica el proyecto por su falta de consulta y posible motivación política.

En la localidad armenia de Zovuni, a las afueras de Kotayk, un misterioso proyecto avanza entre vallas metálicas: una estatua de Jesucristo que, una vez completada, alcanzará los 90 metros de altura —el doble que el Cristo Redentor de Río de Janeiro—, convirtiéndose en la más grande del mundo. El impulsor es Gagik Tsarukyan, un oligarca y expolítico armenio vinculado al partido Armenia Próspera, quien ha financiado la obra de forma privada.

La estatua, de un blanco intenso, se encuentra actualmente en fase de ensamblaje: el torso ya está erguido, mientras que la cabeza y los brazos yacen separados en el mismo recinto. Sin embargo, el proyecto no cuenta con el respaldo de la Iglesia Apostólica Armenia, que ha mostrado su descontento por no haber sido consultada. El arzobispo Bagrat Galstanyan ha declarado que la iniciativa "no tiene nada que ver con la fe" y que responde más a intereses personales o políticos.

La controversia se enmarca en un contexto de tensión entre la élite económica y la institución religiosa en Armenia, donde la Iglesia tiene un peso cultural e histórico significativo. Mientras los promotores defienden la estatua como un atractivo turístico y un símbolo de fe, los críticos señalan la falta de transparencia y el posible uso del monumento para lavar la imagen del oligarca.

Fuentes: Xataka

Proyecto faraónico sin respaldo eclesial ni social.

Me parece que estamos ante un caso clásico de arquitectura del ego: un multimillonario que decide dejar su huella en el paisaje sin importarle el tejido social ni las instituciones locales. La Iglesia armenia no es una entidad menor; su oposición no es un simple capricho, sino la expresión de una comunidad que siente que su símbolo religioso está siendo secuestrado por intereses particulares.

Lo interesante aquí no es si la estatua será la más grande del mundo —eso es un dato anecdótico—, sino qué dice sobre la relación entre poder económico y religión en Armenia. Tsarukyan no es un devoto anónimo; es un oligarca con pasado político. Y en países con instituciones débiles, estos gestos suelen tener un precio: legitimidad a cambio de concreto.

A medio plazo, este proyecto podría generar un debate necesario sobre quién tiene derecho a erigir símbolos religiosos y con qué propósito. Pero también corre el riesgo de convertirse en un elefante blanco (o mejor dicho, blanco inmaculado) que nadie pidió y que terminará siendo un recordatorio de que el dinero puede comprar casi cualquier cosa, excepto el consenso.

El Analista

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